Donde la viruela no distingue Crónica de un abril aciago con mitos y técnicas 20 de setiembre del 2026


Donde la viruela no distingue

Crónica de un abril aciago con mitos y técnicas

Por Mtro. Gervasio Martínez, un 20 de setiembre de 2026

Imagen generada por IA





El año 1882 quedó marcado a fuego en la memoria de la villa de la Florida. No era ya la aldea primitiva de sus comienzos, pero seguía siendo un pueblo chico, de calles de tierra que el otoño de abril empezaba a enfriar. Ese año, el aire trajo consigo un susurro de muerte: la viruela y la fiebre tifoidea habían entrado sin pedir permiso.

En la Jefatura de Policía, el repiqueteo de una pluma contra el papel rompía el pesado silencio de la tarde. El jefe de la villa contemplaba el documento fechado el 18 de abril de 1882, un decreto que ordenaba el cierre inmediato de todas las escuelas del distrito. A su lado, un hombre joven, de mirada firme pero cansada, firmaba el acta. Era el Dr. Juan Guglielmetti, recién egresado de la Facultad de Medicina, quien había llegado al pueblo cargado de libros, un maletín de cuero y una vocación inquebrantable.

—Es una medida drástica, doctor —dijo el funcionario, soplando la tinta fresca del documento—. Dejar a los botijas sin aula va a alarmar a los vecinos.

—La alarma ya está entre nosotros, Martínez —respondió el Dr. Guglielmetti, ajustándose el abrigo—. Las aulas hoy son focos de contagio. Si no cerramos las escuelas, la semana que viene no tendremos niños a los que enseñar. La viruela no distingue entre el hijo del estanciero y el del peón.

El joven médico encarnaba un verdadero apostolado. Cruzaba a caballo los lodazales para llegar tanto a la rica mansión del acaudalado como a la choza oscura de los desheredados. Sin embargo, su mayor obstáculo no era el barro, sino el terror y la desconfianza que cosechaba a su paso. En la campaña, la resistencia a la vacuna era feroz. Los paisanos asociaban la peste a un castigo divino y miraban de reojo la técnica de la inoculación.

Corría el firme rumor en los rancheríos de que el fluido extraído de las vacas enfermas provocaría una "bestialización" en las personas, haciéndoles crecer pezuñas o cuernos. Cuando los chasques daban el aviso de que el doctor se acercaba escoltado por la policía, familias enteras abandonaban sus ranchos para esconderse en la espesura de los montes nativos, temiendo ser marcados con lo que los curanderos locales llamaban "la señal del Diablo".

Esa misma noche, Guglielmetti llegó a un rancho de paja en las afueras de la villa. Una madre lloraba junto al camastro donde su pequeño ardía en fiebre. Al revisar al niño, el médico aplicó sus sentidos con precisión: sus ojos identificaron la "lengua tofácea" —blanca en el centro y de bordes encendidos— y su olfato percibió aquel vaho fétido y dulzón que delataba el avance de las pústulas. El niño estaba en el límite.

—¿Qué le va a hacer, doctor? ¡No me lo vuelva una bestia, por la Virgen! —suplicó la mujer, interponiéndose entre el médico y el camastro.

Guglielmetti la miró con profunda empatía. Abrió su maletín y extrajo un pequeño tubo capilar de vidrio, cuyos extremos habían sido sellados a la vela para conservar viva la linfa vacuna purificada con glicerina. Sacó su lanceta de escarificación y miró a la madre a los ojos.

—Haremos todo lo que esté a nuestro alcance, doña —dijo con suavidad—. Nuestro deber es curar cuando se puede, aliviar cuando es difícil, pero consolar siempre. Esto no es un veneno; es la única forma de que su hijo vuelva a correr por el campo.

Con manos templadas, realizó unos sutiles rasguños en cruz sobre el brazo del pequeño. Al brotar la primera gota de sangre, frotó el fluido vacunal sobre la piel abierta. Era una técnica rudimentaria y dolorosa, pero era el único escudo contra la muerte en el Uruguay profundo.


El panorama sanitario de la región en aquel trágico invierno no se limitaba a las fronteras de la Florida. Apenas a 53 kilómetros de allí, la histórica villa de San José de Mayo libraba su propia batalla contra una segunda y feroz plaga de viruela. La peste tejía una red invisible sobre el suelo oriental, pero también cruzaba los caminos de hombres extraordinarios.

Hacía apenas unos años, en 1878, el médico, filósofo y filántropo "canario" Alfonso Espínola había desembarcado en Uruguay, empujado desde sus Islas Canarias natales por las persecuciones políticas. Tras dejar una huella imborrable en Las Piedras, el destino lo llamó a San José en ese mismo año de 1882. Allí, Espínola enfrentaba los mismos mitos y recelos, teniendo que desarmar la influencia de los curanderos que pretendían tratar la viruela con grasa de iguana e infusiones de bosta.

La distancia entre ambas villas se acortaba gracias a la hermandad de la profesión. A finales de mayo, el Dr. Guglielmetti recibió en su despacho un sobre lacrado proveniente de San José. Al abrirlo, reconoció la caligrafía elegante del Dr. Espínola, quien le escribía para compartir saberes frente a la resistencia popular:

San José de Mayo, 24 de mayo de 1882

Estimado colega Dr. Juan Guglielmetti:

Le escribo estas líneas al amparo de una vela... Ha llegado a mis oídos la noticia de su valiente determinación de clausurar las escuelas en la villa de la Florida. Sepa que cuenta con toda mi admiración; en tiempos donde la ignorancia suele dictar las normas, se necesita coraje para imponer la ciencia en favor de los más débiles.

Aquí, en San José, la segunda plaga de viruela nos está golpeando sin piedad. Estoy aplicando la inoculación en todos los sectores que puedo mediante escarificación, pero el mayor enemigo que enfrentamos no es el microbio, sino el pánico, la miseria y el hacinamiento de los rancheríos. Al igual que usted, paso mis días combatiendo los miedos de los paisanos, convenciéndolos de que la lanceta no es un arma del Estado para controlarlos, sino su salvación.

No flaquee, joven amigo. Nuestro apostolado nos exige curar cuando la ciencia lo permite, aliviar aplicando paños fríos e hidratación forzosa cuando el cuerpo cede, y consolar siempre que el alma lo necesite.

Su colega y servidor,
Dr. Alfonso Espínola

Guglielmetti dobló el papel con cuidado y lo guardó en el bolsillo interno de su saco, justo al lado de su estetoscopio de madera. Sentir el respaldo de un hombre de la talla de Espínola le dio el impulso necesario para tomar su maletín y salir una vez más a la noche fría de la campaña.


El rigor del invierno comenzó a ceder hacia la primavera, y con los primeros vientos templados, la violencia de las plagas empezó a amainar.

En la villa de la Florida, el decreto del 18 de abril dio sus frutos. El aislamiento salvó a una generación entera de niños. Los miedos de la población rural se disiparon al ver que los hijos de quienes habían aceptado la lanceta sobrevivían sanos y fuertes. Una mañana de septiembre, Guglielmetti se cruzó nuevamente con el funcionario Martínez en la plaza principal.

—Parece que lo peor ya pasó, doctor —dijo Martínez, quitándose el sombrero—. Los gurises ya juegan de nuevo en las veredas. Mañana reabrimos las aulas.

—Es una victoria silenciosa, Martínez —respondió el médico con una sonrisa tenue—. Las aulas se vuelven a llenar porque supimos vaciarlas a tiempo y porque el pueblo venció sus propios temores.

En San José de Mayo, el desenlace se vivió con la misma mezcla de alivio y luto. La plaga fue contenida gracias a la campaña feroz de inoculación e higiene que el Dr. Espínola lideró sin descanso por cada rincón del departamento. Cuando la epidemia finalmente se retiró, ambos médicos volvieron a su rutina diaria de abnegación, ganándose el respeto eterno de todos los uruguayos.

El tiempo fue justo con ellos. Décadas más tarde, los hospitales públicos de San José y Florida inmortalizarían sus nombres. Y en 1954, cuando la Facultad de Medicina de la Universidad de la República instaló en la entrada de su aula magna un busto de bronce en recuerdo de Espínola, junto al del premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, el país entero rindió tributo a una verdad inmutable.

Porque las enfermedades y las epidemias, desde la lejana Peste de Atenas en el 430 a.C. hasta las alertas globales contemporáneas como el ébola, siempre han incidido en el desarrollo histórico de la humanidad; pero son hombres como Guglielmetti y Espínola quienes, en el barro y la incomprensión de las villas orientales, demostraron que la compasión y la ciencia siempre tienen la última palabra.

Epílogo: El hilo invisible del tiempo

Más de un siglo después de aquel crudo invierno de 1882, los caminos de tierra que el Dr. Guglielmetti recorría en su carruaje se han convertido en rutas asfaltadas, y los antiguos ranchos de paja de la Florida y San José dieron paso a ciudades modernas. Sin embargo, el eco de aquella batalla silenciosa sigue resonando con una vigencia asombrosa.

Hoy en día, las alarmas de la Organización Mundial de la Salud se encienden ante la velocidad de expansión de brotes globales como el ébola o las mutaciones de virus respiratorios. Los titulares de los diarios modernos —que hablan de confinamientos preventivos, cierre de fronteras, suspensiones de clases presenciales y el desarrollo acelerado de nuevas vacunas en laboratorios de alta tecnología— guardan un asombroso parecido con el viejo manuscrito policial del 18 de abril de 1882 que ordenaba vaciar las aulas de la villa.

Los miedos también se han transformado, pero no han desaparecido. Aquel pánico del gaucho del siglo XIX, que temía una "bestialización" por la linfa vacuna extraída de las vacas, guarda un lazo directo con las teorías conspirativas, los mitos digitales y la desconfianza que corren por las redes sociales del 2026. Ayer fue la lanceta de escarificación y el polvo de ácido fénico; hoy son las plataformas de ARN mensajero y los complejos sistemas de vigilancia epidemiológica satelital. La tecnología médica ha dado un salto gigantesco, pero la psicología humana ante lo invisible sigue siendo exactamente la misma.

Al mirar el busto de bronce del Dr. Alfonso Espínola, que desde 1954 custodia la entrada del aula magna de la Facultad de Medicina en Montevideo junto a Ramón y Cajal, o al recorrer los pasillos de los hospitales públicos que llevan los nombres de estos próceres sanitarios, se comprende una verdad inmutable. La historia humana no solo se escribe con batallas políticas o crisis económicas, sino con la persistencia de la ciencia sobre la ignorancia.

Frente a cualquier peste —la de Atenas en el 430 a.C., la viruela de 1882 o las amenazas biológicas del siglo XXI—, el escudo más fuerte de la humanidad sigue dependiendo de la misma vocación inquebrantable que unió a Guglielmetti y Espínola en el barro oriental: esa ciencia humanitaria capaz de curar cuando la técnica lo permite, aliviar cuando el dolor aprieta y consolar... consolar siempre.

Fuentes documentales para escribir este breve cuento novelado.

1. Documentos Policiales y Municipales de Florida (abril de 1882)

  • Partes y Decretos de la Jefatura de Policía: En el siglo XIX uruguayo, las Jefaturas de Policía de los departamentos ejercían funciones de control civil y administrativo fundamentales ante emergencias sanitarias. Los decretos específicos —como el del 18 de abril de 1882— que ordenaban el cierre de escuelas forman parte de los archivos históricos locales y departamentales.
  • Actas de Defunción e Informes Médicos: El Dr. Juan Guglielmetti, profundamente arraigado en la historia médica floridense, dejó constancia de su labor en partes policiales y sanitarios que luego se utilizaban para labrar las partidas oficiales de fallecimiento y nacimiento de la época.

2. Archivos Sanitarios e Historiales Médicos de San José

  • Campañas de Inoculación de Alfonso Espínola: El paso del Dr. Alfonso Espínola por San José de Mayo a partir de 1881–1882 para combatir la segunda plaga de viruela está documentado en los registros de la asistencia pública de la villa. Los archivos del hospital local (que hoy lleva su nombre) guardan constancia de las medidas de higiene y aislamiento que implementó para frenar el contagio.
  • Legajos de la Facultad de Medicina (UdelaR): Los registros académicos de la Universidad de la República documentan tanto la trayectoria de Guglielmetti como la veneración posterior a Espínola, consolidada con la instalación de su busto de bronce en el aula magna en 1954.

3. Prensa Escrita de la Época

  • Periódicos de circulación nacional y departamental de 1882 (tales como La Tribuna Popular, El Ferro-Carril o la prensa local de Florida y San José) funcionaban como la vía principal para comunicar a la población los edictos sanitarios, el avance del número de infectados y las recomendaciones de los médicos.

4. Historiografía Médica Uruguaya


Comentarios