Los dueños del futuro:
La tarde que Florida le quemó el libreto a la dictadura
Por Gervasio Martínez
Basado en un texto del mismo
autor del 25 de agosto de 2022
LOS DUEÑOS DEL FUTURO
El despertar de la memoria en Florida (1973 -
1980)
Prólogo: El sueño de alquitrán (24 de agosto
de 1973)
La noche anterior al
desfile, la cama en el cuarto de la calle Oribe se sentía helada. Gervasio, un
gurí de quince años con el peso del cargo de secretario del Movimiento
Estudiantil Nacionalista (MEN), daba vueltas sin poder conciliar el sueño. La
incertidumbre del día siguiente le apretaba el pecho. Al cerrar los ojos, su
mente, alterada por la tensión, edificó una fantasía perfecta, dramática y
cinematográfica:
El sol de la mañana del 25 de agosto de 1973
apenas calentaba la calle Independencia. El aire estaba espeso; las botas
militares marcaban el ritmo del pueblo. Frente a la Intendencia, el grupo del
Liceo N° 1 ultimaba detalles. Al profesor Martínez le temblaban las manos.
"No es temblor, Clara, es indignación... y un termo de mate mal
cebado", le mentía a la profesora de Literatura.
A lo lejos, el rugido de los parlantes anunció la
marcha. El coronel Mendieta observaba desde el palco con ojos de halcón.
"A una cuadra y media antes de llegar, abrimos el bloque", siseaba
Santiago, líder del centro de estudiantes. Avanzaron. A cincuenta metros, el
"Gordo" Rossi tropezó con su cordón desatado y cayó de boca. El rollo
de arpillera que ocultaba rodó hasta los pies de un sargento. "Es el
decorado para el altar de la Virgen de los Treinta y Tres Orientales, mi sargento",
improvisó Rossi con voz de pito. El oficial le devolvió la tela de un puntapié:
"Circule, gurí tarado". Rossi le guiñó un ojo ensangrentado al bulón
Gorritti y volvió a la formación.
A diez metros del palco, el profesor Martínez
rugió: "¡Ahora!". El bloque se abrió con precisión coreográfica.
Desenrollaron la arpillera y las letras pintadas con alquitrán brillaron bajo
el sol: DEMOCRACIA SÍ, DICTADURA NO.
El silencio fue ensordecedor. En el palco, Mendieta
se puso de pie tan rápido que tiró su silla y volcó el vaso de agua sobre los
pantalones blancos del intendente interventor. "¡Detengan a esos
comunistas!", bramó. "¡Corran muchachos, viva la patria!", gritó
Martínez. Dejaron caer la pancarta sobre los policías como si fueran toros en
una plaza y se disolvieron en una estampida de uniformes por las calles
laterales. Florida ya nunca volvería a callarse.
Gervasio abrió los ojos de
golpe en la madrugada, con el corazón galopando. Miró las vigas del techo.
Respiró hondo y sonrió con amargura: todo había sido un sueño. Nunca se
había planificado una protesta con pancarta. La Asociación de Estudiantes de
Florida (ADELF) y los muchachos de la Lista 7 del MEN eran apenas un puñado de
resistentes inexpertos, huérfanos de los otros grupos estudiantiles de las
elecciones de 1972 que habían brillado por su ausencia. Nadie tenía tela, ni
alquitrán, ni la infraestructura para semejante audacia.
Sin embargo, al levantarse, Gervasio supo que
la realidad empujaría su propio e imborrable drama.
Capítulo I: El desfile que sería una protesta
El aire de la calle
Independencia cortaba la cara aquella mañana del 25 de agosto de 1973.
Hacía exactamente dos meses del golpe de Estado. Para un gurí de quince años
como Gervasio, secretario del MEN y militante de la ADELF, el peso del uniforme
azul se sentía distinto. No era orgullo escolar; era el camuflaje necesario
para una audacia.
En los salones del fondo del Liceo
Departamental, sobre la calle Oribe, los bloques se habían terminado de armar
en un silencio sepulcral. No estaban todos los que debían estar. Los grupos
estudiantiles que habían llenado las urnas en las elecciones del 72 brillaron
por su ausencia; solo quedaban los muchachos nacionalistas de la Lista 7 y los
compañeros de izquierda del Frente Amplio.
—Gervasio, acomódate el cuello que estás
blanco como un papel —le siseó un compañero mientras salían a la formación.
—Blanco soy de cuna, lo que me falta es el
aire —respondió el joven de quince años, acomodando bajo el brazo unos mapas de
geografía cilíndricos que abultaban más de la cuenta.
Dentro de ellos, enrollada,
viajaba la tela con alquitrán fresco: "DEMOCRACIA SÍ, DICTADURA
NO".
Capítulo II: El Bloque de la Calle
Independencia
La marcha militar retumbaba
en los adoquines. El desfile avanzaba frente a la Intendencia con un paso
tenso, estirándose hacia la plaza Asamblea, donde el palco presidencial
esperaba con Juan María Bordaberry y la plana mayor de los militares que habían
tomado el poder constitucional.
A los lados, entre el
público floridense, la "política del miedo" flotaba como una niebla
densa. Había miradas cómplices, pero los aplausos eran mecánicos, temerosos.
Fue casi llegando a la calle Gallinal cuando
el plan empezó a torcerse con la espectacularidad de un chiste negro. Dos
estudiantes del grupo de avanzada, encargados de llevar los símbolos de
"protesta internacional" que acompañaban la movilización local, se
adelantaron demasiado. Uno de ellos traía una bandera de Brasil y el otro una
de Estados Unidos.
—¡Ahora, prendé eso antes de que nos alcancen
las tiranías ajenas! —gritó uno.
El fósforo raspó y la
bandera de Brasil comenzó a arder bajo el cielo de Florida, un repudio
explícito a la dictadura del norte. Pero el drama internacional se convirtió en
comedia cuando el estudiante encargado de quemar las barras y estrellas de
Estados Unidos, que resultó ser un alumno de intercambio norteamericano preso
del pánico, miró el fuego, miró el cielo, se aferró a su bandera como si fuera
un salvavidas y salió corriendo a toda velocidad calle abajo, perdiéndose entre
la multitud ante los ojos atónitos de los manifestantes.
—¡Pará, que te llevás el imperialismo puesto!
—le gritaron desde atrás, pero el gurí ya cruzaba la plaza como un meteoro.
Capítulo III: El Vuelco del Destino
El caos del escape del
estudiante de intercambio distrajo por segundos la marcha, pero el peligro real
ya estaba encima. El centro de la ciudad se infestó instantáneamente.
Aparecieron "tiras" (policías de civil)
por todos lados, brotando de los zaguanes y las esquinas como salidos de la
tierra.
—¡Vienen los tiras! ¡Abran el bloque! —bramó
una voz desde la retaguardia.
El despliegue de la gran
pancarta frente al palco presidencial se volvió imposible. Los policías
arremetieron contra el grupo estudiantil antes de que la tela pudiera
desdoblarse por completo sobre la calle Gallinal. El forcejeo fue violento,
rápido y silencioso. Varios compañeros cayeron al suelo y terminaron presos esa
misma tarde.
Gervasio, aferrado a sus
mapas de geografía, esquivó el manotazo de un civil de gabardina gris y se
mezcló entre el gentío que corría en desbandada hacia la plaza. La gran
protesta pública de Florida se disolvía en la clandestinidad de las calles
secundarias.
Capítulo IV: El Refugio del Silencio y los
Tres Millones de Presos
El desfile terminó, pero la
resistencia apenas comenzaba. Los días siguientes transformaron la militancia
en un arte de supervivencia inteligente. Para Gervasio, la resistencia se mudó
a las mesas de la confitería del Centro al principio, donde los encuentros en
células se camuflaban entre tazas de café, o a las funciones del Cine Italia,
donde ver Concierto para Bangladesh, Woodstock o Sacco y
Vanzetti hasta 1975 se convertía en un acto de fe. Allí se cruzaban
blancos, colorados y frenteamplistas. Nadie preguntaba afiliaciones; las
miradas cómplices en la penumbra del cine bastaban.
Luego de 1980 un lugar de
encuentro de resistencia sería en el comercio de Gerardo López, Marinaro, con
su padre el gallego López Cadenas, emprendedor de varios comercios e industrias
en Florida, hoy casi ciego, dejando sus trabajos a su hijo, pero le encantaba
estar en la tienda de ropa de hombres y formar parte de las tertulias.
Sin embargo, el aislamiento
crecía. Con sus padres enfermos en casa, el joven estudiante descubrió la cruda
realidad de un Uruguay convertido en una cárcel de "tres millones y medio
de presos sin libertad de expresión". La respuesta fue la introspección y
el estudio obsesivo: encerrarse con los libros y aprender a escuchar la radio
de onda corta.
Por las noches, el dial se movía con precisión
milimétrica en la penumbra de su cuarto, buscando las voces prohibidas que
cruzaban el océano: la BBC, Radio Neerlandés, Radio Moscú o América Libre.
Entre el crujido de la estática y las crónicas escritas en el diario El
Heraldo bajo el seudónimo de "Estudiante preocupado", Florida se
preparaba en silencio. Sabían que la noche de la dictadura iba a ser larga,
pero cada volante mimeografiado a escondidas era la certeza de que el futuro
les pertenecería a los que estudiaban para una libertad sin exclusiones.
Capítulo V: Las Miradas Cómplices en el Cine
Italia (1973 - 1975)
Hacia fines de 1973, los
muchachos de la Asociación de Estudiantes de Florida (ADELF) y del Movimiento
Estudiantil Nacionalista (MEN) descubrieron que la militancia gremial para la
que se habían organizado desde 1971 no servía contra las botas. Hubo que adaptarse
a los golpes.
La resistencia se volvió un
asunto de nocturnidad, tiza y papel. Gervasio dividía sus horas entre las
volanteadas clandestinas junto a la juventud de Por la Patria y el Movimiento
de Rocha, y las reuniones en células en la Confitería del centro. Pero uno de
los santuarios de la disidencia silenciosa era el Cine Italia, además del juego
al ajedrez en el Centro Democrático.
Allí dentro, a oscuras, se
proyectaban Concierto para Bangladesh, Woodstock o Sacco y
Vanzetti. En las butacas de madera se sentaban blancos, colorados y
frenteamplistas. Cuando en la pantalla los anarquistas italianos se enfrentaban
a la injusticia del sistema, el aire de la sala se cargaba de una electricidad
compartida. Nadie preguntaba filiaciones políticas. No hacía falta. En el
silencio cómplice de la sala, una mirada de reojo bastaba para saber quién era
quién. Afuera controlaban las esquinas, pero adentro, el cine les devolvía la
libertad por dos horas.
Mientras tanto, bajo el
seudónimo de "Estudiante preocupado", Gervasio colaba cartas y textos
en las páginas de El Heraldo, buscando cualquier grieta en la censura
para sacudir la modorra impuesta por el régimen.
Capítulo VI: El Abanderado Rebelde y los
Casetes Clandestinos (1975 - 1978)
Para 1975, la dictadura
apretó los dientes. Llegó la etapa de la introspección forzada. Con sus padres
enfermos en casa, Gervasio sintió el peso asfixiante de los "tres millones
y medio de presos sin libertad de expresión" que describía la oposición.
Fue en ese aislamiento que brotó un arrebato de dignidad irracional, pero
visceralmente necesario para la catarsis.
Como abanderado del liceo,
se plantó ante las autoridades interventoras:
—No voy a cantar el Himno Nacional hasta que
no vuelva la democracia —declaró con la voz firme de quien sabe que está
cruzando una línea roja.
Las autoridades,
desconcertadas por semejante insubordinación en un alumno destacado, optaron
por evitar el escándalo público.
—Váyase a su clase y luego a casa a
reflexionar, Martínez —le espetaron.
La reflexión de Gervasio
consistió en encerrarse a estudiar de forma obsesiva. Cuando tenía un examen
oral, convertía sus respuestas de historia en alegatos encendidos sobre las
luchas por las libertades y la república. Poco después, ya cursando Magisterio,
el dolor del golpe llegó con los asesinatos del Toba Gutiérrez Ruiz y Zelmar
Michelini en Buenos Aires. Había que moverse.
Luego de 1980, Gervasio
empezó a viajar a Montevideo, primero iba a trabajar en una escuela en
Canelones y por la tarde iba al Instituto de Profesores Artigas en Montevideo,
pero tenía tiempo para ir a “La farmacia” de Oscar López Balestra donde
conseguía casetes, volantes.
Traía escondidos entre su
ropa los casetes con los discursos prohibidos de Wilson Ferreira Aldunate. En
Florida, esos casetes eran un tesoro que unía generaciones. Servían para armar
grupos en la mítica Lista 62 junto al Dr. Borche —quien en las tertulias
recordaba la dictadura de Terra y sus andanzas con Wilson y Quijano en la época
de la revista Marcha—, el influyente Arocena, y Leonardo Arrillaga, un
principista del Movimiento de Rocha que siempre se sentaba a escuchar a los
jóvenes desesperados por actuar.
Don Julio Guichón, viejo
caudillo y alma protectora de Gervasio por la memoria de su padre, lo cruzaba
en la calle, le tocaba el hombro y le decía por lo bajo:
—Tejerita, tené cuidado, mirá que estos no
juegan.
En las reuniones familiares
con su primo Miguel Simón, un bancario que ya conocía las cárceles del régimen
tras la huelga de 1968, el brindis de cada fin de año repetía la misma letanía
esperanzada: "Muchachos, en unos meses esto se termina". Lo
dijeron en el 75, en el 76, en el 77 y en el 78. Y cuando la charla política se
ponía espesa, se iban al fondo a escuchar la voz ronca de Wilson en el
grabador.
Por otro lado, se recordaba
un acto heroico de algunos ediles departamentales, y su presidente, Sergio
Costa Martínez el mismo 27 de junio de 1973, Sergio comentaba con orgullo —guardo
las llaves en mi bolsillo, como un amuleto sagrado. Jamás entregó las
llaves a los interventores del momento, siendo acompañado por Ernesto Díaz,
Langón y su señora, y Tabaré Britos.
Capítulo VII: El Tablero de Ajedrez del Centro
Democrático (1978 - 1980)
Ya no estaban solos. El
miedo seguía allí, pero la red de contención se había ensanchado. El Centro
Democrático de Florida, bajo la presidencia de Nelson Sicca, se convirtió en la
fachada perfecta para la inteligencia táctica.
Allí se juntaban a jugar al
ajedrez con el Dr. Trías y el maestro Fernando González. El movimiento de
peones y caballos en el tablero era el camuflaje ideal mientras discutían de
política internacional y conspiración local bajo la luz de las lámparas de
mesa. Al mismo tiempo, en la soledad de su habitación, Gervasio perfeccionaba
el arte de escuchar la radio de onda corta. Moviendo el dial con cuidado
milimétrico, sintonizaba la estática de la BBC, Radio Neerlandés, Radio Moscú y
América Libre. Esas transmisiones extranjeras eran las ventanas por donde
respiraban.
Sin saberlo, esa combinación
de ajedrez, radio clandestina y lecturas los estaba preparando para el combate
decisivo: el Plebiscito constitucional de 1980.
Capítulo VIII: Marinaro, las boletas del NO y
la Silla de René Rubio
El trabajo sindical y
estudiantil empezó a ramificarse en Montevideo y a consolidarse en Florida.
Paso a paso, ayudaron a organizar ADEMU junto a Héctor Florit en el marco de la
ASU (Acción Sindical Uruguaya), y a las filiales de ADES, donde Marita ponía el
cuerpo. Las viejas siglas del MEN o el MUN ya no podían usarse por la
persecución, pero resurgieron bajo el ala de la Corriente Gremial Universitaria
(CGU), fuertemente apuntalada por la Secretaría de Asuntos Sociales del Partido
Nacional con el arquitecto Miguel Cecilio.
El centro de operaciones de
la resistencia cotidiana sumó nuevos rincones. Después de 1980, los encuentros
se daban con fuerza en el comercio de Gerardo López, Marinaro. Allí
estaba su padre el "gallego" López Cadenas, un incansable emprendedor
de comercios e industrias de Florida que, a pesar de estar casi ciego y haber
delegado los trabajos en su hijo, le apasionaba permanecer en la tienda de ropa
de hombres para formar parte activa de las tertulias informativas. El grupo era
un mosaico de audacias: Artigas Olivera Saravia, asiduo asistente de la
biblioteca; Raúl Tissoni Castro, el más joven; Alicia Baroni; el Beto Noria;
las hermanas Zabala, Del Valle, estudiante avanzado de derecho de Cardal; Cono
Martínez, estudiante de abogacía y gran futbolista; y el "Copa" Cono
García, cruzando Florida en su moto con las divisas y fotos de Saravia y
Batlle.
La vieja Biblioteca
Municipal de la calle Independencia también se convirtió en un oasis
estratégico para saber qué ocurría. Gervasio, ya maestro que viajaba desde
Canelones o regresaba de estudiar Filosofía en Montevideo, se encontraba allí
con Artigas Olivera Saravia para intercambiar datos. El funcionario del lugar y
cómplice silencioso de la tertulia era eñ culto Héctor René Rubio, quien
cuidaba el espacio y los mantenía informados.
Una tarde, la calma de la
biblioteca se interrumpió de golpe. El "Copa" Cono García los vio
desde la calle, detuvo su ruidosa moto y se bajó apurado para sumarse a la
charla. Justo en ese momento, el Flaco Parodi —un ferviente y perseguido militante
de izquierda integrado a la Coordinadora de la Juventud— asomó su silueta por
la ventana exterior y rompió la quietud de la sala con un grito estruendoso de
saludo y alegría.
Aquel alboroto juvenil no
trajo un ingreso inmediato de las fuerzas represivas, pero la dictadura cobró
su precio de forma ruin. Una funcionaria del recinto denunció las tertulias
políticas ante el intendente interventor, el coronel Rivas. La represalia contra
Héctor René Rubio fue inmediata: lo destituyeron de sus tareas y, en un acto de
crueldad psicológica, lo condenaron a quedarse sentado en una silla en el fondo
del local, despojado de funciones. Allí permaneció René, imperturbable en su
dignidad, viendo pasar los meses en su silla hasta el final del régimen.
En noviembre de 1980, el
esfuerzo subterráneo estalló. Las boletas del NO, repartidas con
esfuerzo desde el Centro Democrático, inundaron Florida. El recuento final fue
un revés histórico para el régimen; no pudieron replicar el modelo de Pinochet
en Chile. Aunque Gervasio y sus compañeros terminaron fichados en las listas de
la ESMACO (Estado Mayor Conjunto), el miedo ya había cambiado de bando. La
dictadura se terminaba, y aquellos gurises que alguna vez soñaron con una
pancarta de alquitrán, ahora contemplaban el nacimiento de una libertad sin
exclusiones.
CONTEXTO
DE JULIO Y AGOSTO DE 1973 EN FLORIDA Y URUGUAY
El 25 de agosto de
1973, poco después del golpe de Estado en Uruguay, estudiantes y docentes
de la ciudad de Florida protagonizaron gestos de resistencia y repudio
al naciente régimen dictatorial, en sintonía con las movilizaciones y la
ocupación del Liceo N° 1 ocurrida semanas antes en julio de ese mismo año.
Contexto de la
época
- Ocupación del Liceo 1: A comienzos de julio
de 1973, estudiantes y profesores realizaron ocupaciones y salieron a las
calles bajo la consigna "Democracia sí, dictadura no".
- Resistencia docente y estudiantil: Los
núcleos educativos locales sufrieron posteriormente vigilancia,
destituciones y persecuciones, marcando el inicio de la intervención
autoritaria en la educación.
- Memoria local: En fechas patrias como el 25
de agosto de aquel año, la presencia de reclamos por libertades cívicas
representó el pulso de resistencia contra el orden impuesto por el
gobierno cívico-militar.

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